Introducción.
Cristóbal es un joven confundido y desconcertado por todo cuanto ocurre a su alrededor. Sin saber cómo ,dudando si su cuerpo que es suyo las calles por las que camina,su casa o las personas con las que se relaciona.En un largo deambular por diferentes lugares ,coincide con diversas personas, que poco a poco le van ayudando a esclarecer su identidad.Es durante uno de sus azarosos paseos nocturnos, cuando conoce a un sabio anciano que le entrega un libro escrito en verso,al que llama"El Concienciario", Es ahí ,donde están descritas sus últimas experiencias;guardadas en su inconsciente durante cuarenta y cuatro noches fundamentales de su existencia:fueron atrapadas y plasmadas en este libro para perpetuar su conciencia antes de que se disolviesen en el pozo oscuro de su mente.
Es durante uno de sus oscilantes paseos, cuando conoce a Alba, una chica atractiva que le va guiando de una manera sutil hacia lo más profundo de su ser. Ella pertenece a una milenaria orden religiosa, que lo va introduciendo mediante diversos rituales esotéricos, inspirados en el antiguo Egipto,hacia sus vidas anteriores ,para de ese modo,ir conociendo su vida actual,descubriendo a largo de su incesante viaje interior situaciones complejas,nunca vividas hasta entonces.De este modo , hallará respuesta a muchos de los hechos que le han ido ocurriendo desde entonces.
Primer momento.
Cristóbal se asomó con valentía a la ventana de su dolor. Igual que otras veces, estaba cerrada. Se asomó con cautela a lo más profundo de su corazón, y no encontró a nadie; ese nadie lo suponía todo y ese todo representó la nada. En ese vacío se regocijó durante años y años, tantos años que perdió la cuenta. Lo perdió todo, incluso a sí mismo. Merodeaba sin rumbo por una habitación, la única habitación que tenía su vivienda (Vivienda o morienda: lo iba exterminado lentamente, sin pausa). Durante largos periodos de tiempo, extinguía su existencia rechazándose en todo momento, sin poder soportar el terrible peso de su ser.
Tumbado sobre la cama, qué junto a una mesa, una silla maltrecha y un robusto armario, constituían todo el mobiliario de aquel funesto lugar. Se preguntaba constantemente si realmente estaba vivo, o era todo una simple ilusión, un sueño, o una infinita pesadilla .Llegó a tal punto su extensa duda ,que un día , exhausto de tanto divagar , se levantó de un sólo golpe de la cama que lo cobijaba, caminó con paso inquieto hacia la cocina, que al igual que su dormitorio, era parco en mobiliario, tomó un cuchillo, mejor dicho, el cuchillo (era el único que había) e intentó amputarse una mano ,al sentir el acero impiadoso que cortaba sin disimulo la piel que cobijaba los músculos, tendones y huesos que formaban la mano, lo lanzó lejos de su presencia, y gritó con todas sus fuerzas de dolor y de impresión , ésta misma, hizo que perdiera la conciencia y cayese al suelo, que al igual que la cama lo cobijo en su lecho , aunque con más severidad que ésta. Todo esto no era suficiente para saber si todo era cierto. Seguía rondando aquella la duda, sin embargo, no estaba dispuesto a volver a experimentar con su cuerpo, lo que dilucidó en la decisión de modificar su conducta y abrazar aquel pensamiento que le proponía separar cuerpo y mente. Su cuerpo evidentemente estaba realmente en sueños, o era un estado de vigilia. Necesitaba pasear y verificar si todos sus sentidos están activos, o era un estado onírico quien lo atrapaba.
Esa ilusión, aquella esperanza de verificar su estado actual, levanto un hito que iría trasformando su conciencia, para comprender que esta percepción era independiente del pensamiento y del cuerpo, por tanto, estaba despierto, existía independientemente a su mente, pero, se preguntaba si en este estado mental .estaba realmente en sueños, o era un estado de vigilia. Necesitaba pasear y verificar si todos sus sentidos están activos, o era un estado onírico quien lo atrapaba.
Esa ilusión, aquella esperanza de verificar su estado actual, levanto un hito que iría trasformando su conciencia, para comprender que esta percepción era independiente del pensamiento y del cuerpo, por tanto, estaba despierto.
Tercer momento.
Volvió la mirada hacia Cristóbal con cariño y sonriente. Él estaba fuera de sí. Nunca había vivido una situación semejante, nunca había sido tratado con tanto esmero por una mujer. Permaneció estático mientras ella le susurraba palabras ininteligibles al oído, no entendía nada, el volumen brutal de la música le impedía poder escuchar cualquier cosa. Ella le sujetó las manos, las condujo hacia su cintura, mientras, él buscaba la forma de huir de aquel lugar, estaba incomodo por aquella situación forzada. El camarero irrumpió entre los dos y les sirvió las copas solicitadas. Ella tomo una de las copas y se la ofreció a Cristóbal, luego con esmero tomó la suya, dio un pequeño trago, insinuando con la mirada que él hiciese lo mismo, sin embargo rechazó su invitación y abriéndose paso ante la muchedumbre. Se dirigió hacia la salida, abriendo otra vez la puerta, huyó muy deprisa de allí. Cuando llevaba unos metros recorridos, se percató de que le faltaba algo, en efecto, le faltaba el paraguas, debía de volver a recogerlo, sin él, no podía volver a casa, era su garantía de vida, su baluarte, el talismán que le protegía de los posibles enemigos que pululaban entorno a él, planeando destruirlo y adueñarse de su alma.
Otra vez la puerta. Entre toda la muchedumbre pudo ver a esta joven. Decidida, se dirigía hacia él, con tono desafiante y enojada, Su obsesión era recuperar el paraguas cómo fuese, no obstante, la chica caminaba hacia él con intención de impedirle el paso. Se plantaron uno frente al otro; ella, inesperadamente, lo agarró de la mano y se lo llevó hacia la barra, al mismo lugar donde estaban con anterioridad, allí continuaban las dos copas que había pedido. Colgado del mostrador continuaba el paraguas .Un tremendo alivio y alegría se adueñó de él, con rapidez de dirigió hacia este lugar y con fuerza sujetó el paraguas, se volvió para escapar de aquel lugar, pero estaba ella frente a él mirándolo con frialdad a los ojos, él sin saber cómo reaccionar, tomó una de las copas y se la ofreció, tomó un pequeño sorbo, y a continuación, ella cogió la otra copa, y se la ofreció a Cristóbal. Él hizo una mueca con la cara, indicando que no le apetecía. Agarró con fuerza el paraguas esperando alguna respuesta de ella, ésta, permaneció inamovible. Volvió a tomar un nuevo trago y acercándose a él, le dio un beso y se fue a bailar con un grupo de seis amigos que aparentemente ya conocía. Él, sorprendido, cogió su copa y comenzó a beber desmesuradamente, no daba crédito a lo que veían sus ojos: esta persona que tan cariñosa se mostraba con él, se volvió con otros jóvenes que hasta entonces habían permanecido ausente en todo este breve asunto entre ellos dos. Ella comenzó a bailar de modo frenético, siguiendo el ritmo vivo de la música, era una prolongación de cada nota de aquella rápida melodía. Su larga cabellera giraba en todo momento siguiendo el sentido de las agujas del reloj.
Cuarto momento.
Su larga cabellera giraba en todo momento siguiendo el sentido de las agujas del reloj. Extendió sus brazos y también comenzó a moverlos en esta dirección, cada vez a mayor velocidad, sin seguir el ritmo de la música, parecía imposible que pudiese girar las articulaciones a esa velocidad, era algo fuera de lo habitual, a continuación dio un gran salto y calló en la pista de baile de rodillas y se postró. Los amigos bailaban alrededor de ella como si de un aquelarre se tratase. Durante varios minutos, no cesaron de girar en torno a ella, hasta que uno de ellos se detuvo y mirando hacia arriba, con los brazos elevados gritó con furia, hasta que no le quedó aire en los pulmones. Los demás siguieron sus propios movimientos hasta que la música se paró. Un enorme silencio imperó en el local, todos ellos permanecieron en la mayor de las quietudes, hasta que la joven volvió a incorporarse; tenía los ojos brillantes como dos luceros, una sonrisa inquietante en todo su rostro, reflejando toda la paz, la serenidad y la sabiduría de quien ha viajado hacia los profundos océanos del conocimiento interior. Caminó con suavidad hacia Cristóbal, mientras, el resto del grupo permanecía postrados de rodilla. Se acercó hacia él, hasta el extremo, de que en su rostro, no había más espacio que la nada, y en esa nada, ella. Lo miró con la profundidad de la noche que los albergaba, mientras, el silencio continuaba los acompañaba; el tiempo, se olvidó de ellos. La joven, tomo el paraguas y el sombreo se lo ofreció. Él sin dudarlo un momento, magnetizado por su presencia y el ambiente creado, se colocó el sombrero de forma automática y sujetó con fuera el paraguas. En ese momento la música comenzó a sonar de nuevo y los jóvenes que permanecían postrados en el suelo comenzaron de nuevo a bailar, beber y gritar. Ella sin mediar palabra lo agarró de la mano, juntos caminaron hacia la salida, abandonando este lugar. Cerraron la puerta, caminaron unos metros, se volvieron simultáneamente mirando la fachada de aquel local, como si fuese la última vez que lo fuesen a ver.
Caminaron sujetando el paraguas cada uno por un extremo, por medio de la calle adoquinada; vacía, estrecha y en penumbra. Los cobijaba el cielo estrellado, la luna y el silencio. Detuvieron su paso y miraron simultáneamente al firmamento, en ese momento pasó una estrella fugaz verde que alumbró levemente sus rostros, se miraron y una leve sonrisa de complicidad surgió. La noche volvió a deslumbrar con su brillo eterno el alma de estos dos caminantes errantes. No hicieron faltas palabras, no hubo una sola voz entre ellos. No sabían sus nombres, ni su idioma, ni su procedencia, sí sabían que existía un vínculo misterioso que les atraía y los conducía a una compenetración sin parangón.
Quinto Momento.
Esa ilusión, aquella esperanza de verificar su estado actual, levanto un hito que iría trasformando su conciencia, para comprender que esta percepción era independiente del pensamiento y del cuerpo, por tanto, estaba despierto y no se trataba ni de una ensoñación, ni tampoco de ninguna alucinación. No obstante, decidió salir de casa y asomarse al mundo, bueno, a otro mundo.
Ahora sí, permanecía la ventana completamente abierta y pudo comprobar que estaba lloviendo, y que los escasos peatones que paseaban por la calle, lo hacían cubriendo sus cuerpos con ropa adecuada o usaban paraguas. Desde pequeño le atrajo la forma de los paraguas, los veía como pequeñas casas donde podía vivir de manera itinerante, eligiendo siempre un lugar a su antojo, los relacionaba con aquellas setas donde habitaban simpáticos gnomos. Cuando lo dejaban en algún lugar abierto para que se secasen, él, corría y se metía en su regazo, y allí creaba su mundo, lejano, muy alejado del que conocía y trataban de imponerle: Con el tiempo, pudo comprobar de manera empírica que al regazo de los paraguas, se atrae cierta energía telúrica, y en seres sensibles como a los niños, estimula su mente. Son enormes antenas que atrapan los sueños y el tiempo pasado, viéndolos como hijos de otra realidad.
Miró con gallardía al espejo desnudo que acompañaba el pasillo en su larga ausencia. Se dirigió hacia la puerta de salida con los pies ensalzados en una nueva esperanza. Abrió la puerta, aquella puerta que separaba con esmero su mundo del mundo. Antes de cerrar, miró de nuevo el pasillo y advirtió la ausencia de algo. Corrió de nuevo hacia el espejo y comprobó que le faltaba el sombrero; si el paraguas le proporcionaba cobijo, el sombrero le protegía no solo de las inclemencias atmosférica, lo hacía continuamente hacia algunos pensamientos que surgían espontáneamente, sin saber cómo habían logrado meterse dentro de su cabeza. era un molesto inquilino del que quería deshacerse. Sí, tanto el paraguas como el sombrero, además de constituir un complemento en la buena forma de vestir, también constituían un poderoso talismán donde apoyarse, pero ante todo, protegerse. Volvió de nuevo a la habitación y abrió el armario enmohecido y extrajo de los más alto, su sombrero, cerró la puerta del armario con la misma suavidad que se extraen las gotas del rocío, camino otra vez hacia el pasillo, se situó frente al espejo y colocó con calma el sombrero sobre su cabeza, dejándolo caer, sin presionarlo, meciendo sobre sus cabellos el leve peso de aquella prenda del buen vestir, del buen estar y del buen pensar. Su mirada cambió, su paso se agudizó dirigiéndose otra vez hacia la puerta de la calle, miró otra vez hacia el pasillo y ahora sí, cerró con cuidado, permaneció durante unos segundos en silencio, junto a los escalones de madera de aquella escalera.
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